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16 de septiembre de 2006
Pocas cosas en este mundo han desatado tanta polémica como las teorías subyacentes tratantes del dicho hindú: "Donde hay un mono, hay alegría".
¿Hay alguna mejor forma para empezar a hablar de lo que pasó en Lo Pagán? Si me esfuerzo un poco seguro que consigo escribir una subnormalidad mucho mayor, pero como a fecha de hoy mi subversiva capacidad cerebral sigue siendo bastante pobre, lo mejor será no forzar la máquina pensante pues no quiero que Stephen King me reclute para un nuevo (absurdo) Best Seller de los suyos. En mi blasfemo intento por relatar todo lo acontecido en los 24 días que pasé en Lo Pagán, me percaté de que mi escrito estaba creciendo vertiginosamente hacia la enajenación. Así pues, tanto para evitar lecturas desamparadas como para evitar un futuro y justificado odio hacia mi persona, decidí dividir la historia en tres partes que con el tiempo subiría al blog de forma escalonada. Con poco o nada más que añadir, aquí os dejo la primera parte del relato de mis vacaciones que espero disfrutéis leyéndola tanto como yo escribiéndola (mentira). Acto I: Conociendo a Dios Siempre que llego a Lo Pagán y me percato de que ninguno de mis amigos/as ha venido, me da por pensar que va a ser el verano más aburrido de mi vida. Sin embargo, esta situación no suele durar demasiado ya que no me encuentro en un lugar cualquiera, sino que me encuentro en Lo Pagán (centro del universo conocido para los despistados) y ese tipo de cosas aquí nunca suceden. Porque en Lo Pagán siempre acabas coincidiendo con alguien, ya sea con tus colegas que vienen desde Madrid de "empalmada" para darte la sorpresa, o con alguna vieja amistad que pensaste ya no volverías a ver y con la que misteriosamente vuelves a entablar algún tipo de... amistad. Pues bien, pensad por un momento que una persona con la que solo mantienes una relación a través de internet (cosas curiosas de nuestros tiempos) te dice que va a veranear cerca de donde tú estas y te propone ir juntos a estudiar todos los días a la biblioteca (...) Ahora es cuando me decís que a vosotros os ha pasado esto cientos de veces... ¿verdad? ¬¬' La persona con la que quedaba para ir a estudiar a la biblioteca no era otra que la señorita Alvele. Como seguramente me acabareis preguntando "¿De qué la conoces?" creo que lo mejor será decirlo alto y claro: Ambos somos frikis de Star Wars. A partir de ahí que cada cual tome sus propias conclusiones, que a poco de conocerme no será muy complicado ^^' Junto a la señorita Alvele pasé dos semanas de "duro" estudio, al tiempo que intentábamos reventar la red Wi-Fi de la biblioteca con su PDA, luchábamos cada día por llegar a mi casa y no acabar en Barcelona haciendo uso de su GPS y... conocíamos a Dios. ¿Oigo sirenas...? Espero que nadie haya llamado ya a los del centro psiquiátrico para que me arresten... al menos hasta que termine de contar la historia de Dios, ¿vale? Todos sabemos que estudiar en la biblioteca es muy duro, máxime si es una biblioteca regional de Murcia en la que tienes que convivir codo con codo con el típico chulo de playa con un dossier enorme donde pone "BOMBERO", con cuatro golfas medio desnudas que en vez de estudiar se hacen las uñas y con un viejo de 80 años de cuyo reproductor MP3 ruge música Heavy Metal que impulsa tus tapones para los oídos hacia el interior de tu cerebro. Ante tal sugestivo ambiente de estudio decides que lo mejor será reemprender tu fastuosa búsqueda del infinito, pues como llevas tantos años buscándolo, estás seguro de que no tardará en aparecer. Es entonces cuando te percatas de que alguien te está mirando fijamente... no... espera... no puede ser... ¡está mirando a través de mi! Es increíble, pero este tipo de cosas pasan. Como no puedes concentrarte en tus apuntes, decides observar con detenimiento a la persona que con tanto tesón busca tu aura. No tardas en darte cuenta de que en sus ojos, de un azul intenso, lo que debería ser blanco es rojo, muy posiblemente debido a una carga mortal de porros... ¡Deja vu!, ¡Es clavadito a John!, ¡El yonki de Conil de la Frontera! Antonio, esto NO PUEDE ESTAR PASANDO. Simplemente es imposible. Concéntrate en tus estudios por favor... Los días pasan y sigues encontrándote con el heredero de John en la biblioteca, el cual sigue con ambiciosa exactitud su modus operandi: Media hora frente a sus apuntes mirando al infinito para posteriormente marcharse y seguir fumando porros. Todo habría quedado en una simple anécdota de no ser porque empezamos a cruzarnos con el heredero de John en todos los sitios a los que íbamos: ¿Decides ir a tomar algo a una terraza? Está sentado en tu espalda. ¿Decides ir a una discoteca a bailar? Está bailando junto a ti. ¿Decides ir a jugar al billar? Está jugando en la mesa de al lado... Y es debido a su omnipresencia que decidimos apodarle con el sobrenombre de Dios, ya que no conocíamos en aquel momento a ninguna otra persona/ser/ente con la increíble habilidad de estar en todos los sitios al mismo tiempo (exceptuando al John original de Conil de la Frontera, claro está >_<). ¿Paranoia mental? Absoluta y rotundamente, si. Para todos los que estéis pensando que nos encontrábamos continuamente con Dios porque todo allí es muy pequeño, tengo que decir que nos movíamos en coche entre tres localidades y que en las tres nos lo encontrábamos, lo que llevó a que acabásemos algo esquizoides. Pero como rezaban los de Expediente-X, "La verdad está ahí fuera", y es por ello que gracias a complicadas labores de investigación (y a una amiga que le conocía en persona) obtuvimos la respuesta al esquivo enigma: No había un Dios... ¡sino dos! Cosas de la genética: Eran dos hermanos gemelos >_< ¿De qué otra forma se podría haber abarcado tal margen espacio-temporal...? Mejor no pensarlo. |
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